sábado, 20 de octubre de 2007

Volvimos a ver los caballos en los días posteriores. El miércoles el más alto, el que tenía la melena más larga. Unos cabellos dorados que caían suavemente sobre el cuello ligeramente. Parecían dóciles pero de una fuerza brutal, parecían tranquilos cuando se detenían en la cima de la colina como chapas metálicas de hierro oscuro. Todos salvo el mayor, de un marrón brillante del color de la madera barnizada , con su pelo rubio de larga cola y crines sedosas. Se situaba siempre cerca de alguna roca, de esas blancas y escarpadas que parece que van a caer si se empujan con tesón durante unos minutos.

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