
Nueva York es el mundo que nunca debió ser. Nueva York llena de desconocidos . “L’inconnu”, un hombre de traje gris y paraguas abierto bajo la lluvia, sin rostro, sin alma, sin olor. Indolente “L’inconnu” atraviesa la calle y toma el metro hasta su apartamento en Brooklyn , ha triunfado, y puede recalentar en el microondas la cena que le sobró anoche, enciende la televisión, se tumba en el sofá y se duerme.
L’inconnu obtiene un placer extraño en escuchar la radio por la mañana. Los auriculares en las orejas mientras desayuna en el Starbucks de la esquina. La misma mesa, los últimos cuatro años, el mismo desayuno. El 5 sin bacon. Nadie lo recuerda, nadie lo conoce y siempre tiene que repetir que quiere el café para llevar. Rumia las primeras noticias del día. Lloverá al mediodía, da igual.
Las grandes ciudades suponen para sus habitantes el marco para una vida interesante y activa, el mundo se mueve aunque todo quede detenido a veces. Dos palomas levantan el vuelo desde el piso 23; nunca han tocado tierra. Los sueños, igual que las esperanzas resuenan entre las paredes incompletas de los despachos de los edificios empresariales. Tu espacio, una pantalla de ordenador encendida, una montaña de informes que nunca mengua. 10 se van, otros 10 llegan, desde fuera nunca pasa nada. L’inconnu no existe, nadie existe, sólo la masa tiene nombre. La individualidad, el neoyorquino es Woody Allen tras sus gafas de cristal grueso, tras el visor, tras las lentes del objetivo.
Una ciudad gris, en blanco y negro. L’inconnu llora viendo Manhattan.