miércoles, 18 de julio de 2007

Anotar los sueños


Necesito taparme para dormir, y pasar calor y sudar, y encontrarme preso en el lecho hasta no poder hacer más que rendirme y dormir.

Anoche me acosté borracho, llegué bebido me desvestí y me tiré a la cama. Cansado y triste pero con la mente vacía, lo cual es para mí un alivio y una ocasión que celebrar, tal vez no con más vino pero sí rompiendo una copa de cristal.

Hoy amanecí temprano, sin resaca ni cansancio. No soñé nada, yo siempre lo recuerdo, yo siempre me obligo a recordar mis sueños. Incluso alguna vez seguí la terapia de anotarlos y leerlos para comprenderme. Entonces se hicieron repetitivos y sencillos así que dejé de redactarlos. Paso por la vida dejando atrás cosas, no acabo nada, me disperso y me agoto y cuando decido emprender de nuevo un camino, éste ha desaparecido.

Tenía anotado un número de teléfono en la mano y un nombre de mujer. No he podido evitar leerlo al ducharme esta mañana. Mis sueños se convierten en repetitivos y simples.

lunes, 2 de julio de 2007

Llueve en Copenhage (Abril)


Llueve en Copenhague, no me importa. Trato de no pensar en ella. Pero no puedo más que ver su piel pálida al cerrar los ojos. He planificado su muerte, la he tratado de matar un millón de veces su imagen, pero al igual que mis propios suicidios no he logrado más que fracasos. Me sonríe y me abraza mientras lloro y cuando duermo me axfisio de aire viciado. Me duele la cabeza cuando amanece, me duelen los brazos y las piernas y procuro no moverme para no sentir nada.

Ha nevado en Copenhague y creo que escupiré sobre todos estos libros. Ya no me hace efecto el café, he logrado hacerme un adicto. Un adicto confeso a la cafeína y a la soledad malentendida. Bebo el café frío pero procuro calentarlo y dejar que el aroma del calor se va desvaneciendo en torno a mí. Estoy enfermo y a veces maldigo mis versos. He ensuciado la habitación y en el desorden no encuentro motivos para el caos. Ayer me sorprendí llorando. Las lágrimas secas con las que se riega el mundo. Me detuve un momento abrí la ventana y dejé que mi garganta gritara tu nombre.

Laura en Copenhague y son las cuatro de la madrugada, rebusco entre los papeles de mi escritorio los poemas que dediqué a otras. Ya maté el gusto por lo único, la tremenda realidad del infinito, nada de eso me es ajeno y aún así procuro asir los sentimientos de odio para alimentar mi alma de nuevas ideas. Hay un gato en la calle, podría matarlo. Tal vez me sintiese mejor. Tendría que bajar, notar como el frío me corta los labios. Acechar al animal y matarlo a golpes. Las manos desnudas y el gato arañándome los brazos chillando y sangrando. Después sólo debería romperle el cuello o pisarle la cabeza. No puedo imaginar el ruido. Una nuez con pasta de dientes en el interior, algo así, nada que no pudiera hacer.

Llueve en Bilbao y no es la misma lluvia a la que acudo para oler el polvo de las calles. Lleva horas lloviendo y el asfalto está tan oscuro como el primer día. Un coche ha girado dos calles más abajo. Tengo que darme prisa.